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Gorriarán: Cibertorrentes, o la consagración de internet

Posted by redacción en 14 septiembre 2009

090907_gorriaranDe vivir el bueno de Paco Martínez Soria, podría hacer una segunda parte de su inmortal “La ciudad no es para mí”, titulada acaso “¡… pero internet sí!” La red de redes, en efecto, ha triunfado. Ya no es sólo refugio de científicos, periodistas, estudiantes e insomnes varios, además de pornófilos, consumidores espabilados y adictos a las cibersubastas. Ahora la red ha sido descubierta y colonizada con entusiasmo por los últimos de Filipinas, la quintaesencia de la caspa hispana (en otros países será igual), los tipos y tipas rijosos del chiste de maricones y la confusión de eructo y expresión, de quienes conciben la democracia como vertedero de su resentimiento o pedestal de su ridícula egolatría: vamos a llamarlos, en homenaje al personaje de Santiago Segura, cibertorrentes. Son como los cibercabras, pero menos tecnológicos y más guarros. Tras su desembarco, internet ya puede colgar ese cartel que toda entidad pública inteligente tiene siempre a mano: lo sentimos, ya no nos cabe un tonto más.

No es para alarmarse, al contrario. Que internet esté abarrotado de ciberbasura y de cibertarados es el precio ineludible de la revolución que ha impulsado. Es un peaje semejante al que pagó la imprenta. Cuando Gutemberg imprimió su monumental Biblia, no podía prever que la imprenta también sería utilizada para divulgar masivamente no sólo libros santos y preciosos, sino también cosas inmundas. La Crítica de la Razón Práctica no es responsable del prólogo de Zapatero al libro de Jordi Sevilla, como tampoco lo es la gran literatura de la proliferación de infames libelos, panfletos repulsivos y bazofia diversa impresa en letras de molde.

Internet no podía ser menos ni más, y su destino es el de la imprenta. Celebrémoslo, en vez de entristecernos o ponernos furiosos. El hecho de que la escoria de la sociedad recurra a internet para injuriar, difamar y propagar su depravación debe entenderse como la prueba definitiva de la revolución comunicacional que la red ha procurado. Es inevitable: incluso la sentina del soberbio Bucentauro dorado con el que la antigua República de Venecia celebraba la ceremonia de sus esponsales con el mar estaba infestada de ratas. Y no por eso iba Venecia a evitar mojarse.

Carlos Martínez Gorriarán

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