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Clemente Polo: ¿Herejes o comisarios políticos?

Posted by redacción en 6 septiembre 2009

090907_clementepoloMuchas de las personas -posiblemente la mayoría aunque no llevo la cuenta- que nos reunimos con los señores Martínez Gorriarán y Fabo, a instancia suya, en el verano de 2007 y prestamos nuestros nombres para formar el Consejo Político y fundar Unión, Progreso y Democracia (UPyD) el 29 de septiembre de ese año, ya no pertenecemos a dicho consejo ni, en bastantes casos, al partido.

El órgano más importante de ese partido se ha ido transmutando desde el día de su fundación siguiendo el viejo procedimiento empleado por “demócratas” tan acreditados como el general Franco o Fidel Castro: éste fuera; éste dentro. El asunto no resultaría llamativo si UPyD se declarase un partido totalitario, pero resulta insufrible cuando sus líderes van por el mundo impartiendo lecciones de democracia a todos los demás miembros del género humano y abogando, en un alarde de cinismo digno del mismísimo Mao, por las listas abiertas y otras lindezas por el estilo.

Cuando, como ha ocurrido tantas veces en UPyD desde su fundación, se modifica la composición de su Consejo Político sin convocar a los consejeros para debatir y votar una propuesta formal presentada a tal efecto, ni brindar a los consejeros cesados la oportunidad de manifestar su opinión ante sus compañeros, uno se ve obligado a concluir que UPyD, al margen de la retórica populista empleada por sus líderes, es una organización totalitaria en su funcionamiento interno.

Por ello, me sorprendió e inquietó la lectura de un artículo (Herejes imprescindibles, EL PAÍS, 9 de junio de 2009) en el que se nos presentaba a los líderes de UPyD como un grupo de heterodoxos que han roto con el legado heredado del franquismo, a saber, la adhesión ciega e inquebrantable a una familia política, y se han lanzado a difundir revolucionarias herejías que revuelven el estómago de los intelectuales orgánicos de cada bandería.

Mientras lo leía no sabía qué pensar: tal vez el señor Savater, hombre muy ocupado, ignora casi todo lo que ha ocurrido en UPyD desde su fundación, o quizás lo sabe y le preocupa, pero prefiere ignorarlo para no dañar las expectativas electorales de su familia política, o, tal vez considera la democracia interna un asunto menor, un barullo molesto propiciado por afiliados inconscientes.

No lo sé, pero si la adhesión ciega e inquebrantable a una familia política inhabilita a quienes militan en el Oso Gubernamental y la Mofeta Popular -apelativos dados al PSOE y PP por el señor Savater- para analizar la realidad social con ojos libres de prejuicios, ¿qué podemos decir de un partido donde se exige no ya la adhesión ciega e inquebrantable a una familia política o unos principios, sino a una líder into-cable y a los tres o cuatro miembros del politburó que ella ha tenido a bien colocar al frente de la organización? ¿Y cómo calificar a aquellos intelectuales que hacen de Don Tancredo mientras se cesa, se abren expedientes o se expulsa a consejeros, coordinadores y demás patulea de osados infantes que formulan preguntas, piden explicaciones o presentan enmiendas a las órdenes y propuestas emanadas del politburó del partido?

Herejes entre los líderes actuales de UPyD no veo ninguno: más bien recuerda su comportamiento al de los comisarios políticos, personajes de ingrato recuerdo para bastantes españoles. El asunto no tiene vuelta de hoja: no cabe considerar democrática a ninguna organización donde sus líderes no respetan la división de poderes, acatan las decisiones adoptadas por la mayoría y aceptan la presencia de minorías discrepantes. Y los líderes de UPyD han supeditado la democracia interna a la construcción de una organización al servicio de intereses superiores que, a la postre, coinciden con los de su líder, que hace y deshace a su antojo. En este “herético” partido, tres personas, la señora Díez y los señores Martínez Gorriarán y Fabo, han controlado desde sus inicios la composición de todos los órganos (Consejos de Dirección y Político, Coordinadoras Territoriales, finanzas y contabilidad, etcétera), confeccionado las listas electorales, y, como he mencionado, cesado, expedientado o expulsado a cualquier afiliado que se ha atrevido a cuestionar sus decisiones.

Ahora quieren dar cierta apariencia de normalidad democrática a UPyD y están preparando un congreso al que acudirán delegados elegidos directamente por los afiliados. ¡Qué gran logro democrático! Pero para que esta concesión no estropee su guión, el artículo 10 del reglamento congresual deja en sus manos la posibilidad de descartar a cualquier delegado cuando su elección haya sido impugnada por otro afiliado. Será el cónclave de UPyD este otoño, no tengo ninguna duda sobre ello, un congreso a la búlgara.

Resulta incongruente que los dirigentes de UPyD hayan además organizado una caza de brujas contra afiliados deseosos de participar activamente en el congreso, máxime cuando la señora Díez se paseaba por España hasta septiembre de 2007 mostrando abiertamente sus discrepancias con los dirigentes del PSE-PSOE, sin renunciar por ello a su escaño en el Parlamento Europeo conseguido con esa formación, ni a los emolumentos que le reportaba entonces y le reportará una vez alcance la edad de jubilación.

Afortunadamente para los verdaderos herejes, vivimos en una democracia constitucional y para escapar a las iras del directorio que gobierna UPyD no hace falta exiliarse allende las fronteras. En cuanto al mérito de algunos mensajes y posiciones que ha difundido UPyD, conviene recordar que son fruto del trabajo de todos los ciudadanos y organizaciones que han rechazado las limitaciones a la libertad e igualdad de oportunidades impuestas por los nacionalistas en Cataluña y el País Vasco en las últimas décadas, no propiedad de la señora Díez y sus adláteres.

Tras una búsqueda concienzuda, no he encontrado una sola línea escrita por Rosa Díez en contra de la inmersión lingüística en Cataluña, ni tengo constancia de que alguien la escuchara nunca exigir la expulsión de los representantes de Herri Batasuna del Parlamento de Vitoria y de los ayuntamientos vascos, ni he encontrado indicación alguna de su oposición a la cesión de competencias a las comunidades autónomas, hasta mucho tiempo después de que el PSE rompiera su pacto de gobierno con el PNV en 1997, un pacto con el que, según todas las informaciones disponibles, la líder de UPyD se sintió siempre cómoda, ejerciendo de consejera de Comercio, Consumo y Turismo del Gobierno Vasco.

Los mensajes y posiciones de los que se ha ido apropiando la señora Díez en los últimos años, limpios de sus excesos retóricos y el tufillo a centralismo rancio y caduco, pertenecen a todos aquellos que han defendido desde, al menos, 1978 la libertad, la solidaridad y la igualdad de oportunidades, la división de poderes y la regeneración democrática de la política en España.

Clemente Polo, en El País

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